La casa.

– Estoy cansado de vivir. – Las palabras salieron despedidas de sus pulmones como un suspiro.

– Uno no se cansa de vivir Sam. Solo se rinde ante la vida y abraza la muerte.

– No es tan sencillo padre, yo no me he rendido. – Ese suspiro de nuevo. – Solo he dejado de intentar ganar.

El confesionario olía a polvo y alcohol. Sam Whornighton solo era culpable de una de las dos cosas. Bajo el pequeño sillón de mimbre sobre el que estaba sentado había una muesca que rezaba ”Dios nos perdone”. Posiblemente hecha con una de las hendiduras de una llave, tal vez de forma inconsciente por alguien que solo pedía ser perdonado, pero que quizás pedía demasiado. Podía observar al padre Mateo a través de los pequeños orificios que tenia la tela metálica que le separaba de él. Esto le hizo pensar lo estúpido de un artilugio como ese, la triste inutilidad de la falsa intimidad dentro de un pueblo donde los secretos carecían de su esencia de vida.

– ¿Acaso no es lo mismo? Puedo oler la cerveza de tu camisa desde aquí. No hace falta ser omnipresente para deducir que has vuelto a pasar la tarde en Roob’s. Y tampoco hace falta que te diga lo que puede hacer el alcohol en un hombre que se ha rendido. Desde luego que no después de todo lo que…

– No hace falta que diga una palabra más padre. – La interrupción fue brusca pero no había rastro de reproche en la voz de Whornighton. – Puede que no recuerde lo que hice anoche, puede que no recuerde ninguna noche de esta semana joder… Pero hay cosas que nunca se hunden, da igual cuantas botellas vacíes sobre ello… Hay cosas que nunca aprenden a ahogarse.

Roob’s era el único local con licencia de venta de alcohol al público en el pequeño pueblo de Salem, el único todavía abierto al menos. Así que el padre Mateo no tenía muchas otras opciones a la hora de escenificar el lugar donde Sam podía haber intentado encontrar una razón para seguir viviendo, o al menos una que le anime a ver si el fondo de esa botella era distinto al de las otras. Salem era una zona de población anormalmente reducida, hace cinco años puede que no fuera así, pero tras el derrumbe de la mina de hierro la gente no encontró razón alguna para formar parte de aquella bella región al sur de Nueva Inglaterra. Quien quedaba en aquel lugar eran únicamente aquellos lo suficientemente valientes para no abandonar el lugar donde habían vivido sus vidas, o aquellos lo bastante cobardes para no lanzarse a un hogar nuevo. El cambio es una bestia de diez cabezas que ataca de diferentes maneras en la frágil existencia de cada persona, una existencia basada en la reiteración de rutinas que se clavan en el alma.

Sam aún se pregunta qué tipo de persona es a la hora de seguir durmiendo en la misma cama, día tras día, después de que Glenn respirara por última vez bajo el manto de tierra que cayó sobre el cinco años atrás. Tal vez el Padre tuviera razón, tal vez solo fuera un cobarde.

– No quiero lanzar más tierra sobre el ataúd de tu padre, Sam. Dios no lo tenga en su gloria, triste hijo de puta.

Un chasquido. Sam pudo ver a través de la inútil tela de metal como una llama salía de entre las manos del padre, e iluminaba el pequeño habitáculo. También pudo escuchar el sonido de tres rápidas aspiraciones cuando el Padre Mateo encendió el cigarro posado entre sus labios. El áspero olor del tabaco inundó el aire, y un tenue color gris caló en la vidriosa mirada de Sam. El padre agitó la mano para apagar la cerilla.

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– Ese cerdo era un borracho, pero yo te conozco. Sé que tú no quieres acabar como él, con un hombre de Dios difamando sobre ti dentro de veinte años. Te conozco muy bien, hace… – Una calada, segundos de silencio y la exhalación del humo – …unos cincuenta y cinco años te tenía sobre mis brazos. Recibiste el bautizo bajo la mirada de Dios y la mía. Y también hace unos cuantos años que compartimos nuestra primera cerveza. Somos amigos ¿verdad?

Mateo era un hombre de unos saludables ochenta y cinco años, el paso del tiempo le había hecho desprenderse de muchas cosas. Pero se negaba a dejar el tabaco en el cajón de su cómoda cada mañana al despertar. Algunas de las mujeres de Salem aun se escandalizaban cuando, al acabar la misa, le veían fumando sentado en uno de los bancos contiguos a la iglesia. Con los talones de sus pulcros zapatos negros rozando el asfalto y la mirada perdida en el cielo. Con una fuerte mata de pelo blanco que seguramente no perdería aun después de perder la vida, y una espalda recta tras unos hombros definidos bajo su camisa, nadie adivinaría su edad. Solo si mirabas sus ojos durante unos segundos podrías encontrar alguna señal de sus años sobre la tierra, con una fina capa de nubes plomizas tapando su iris. Ciego día a día por culpa de unas cataratas que nadie había conseguido convencerle para operarlas. ”Los ciegos escuchan mejor la voz de Dios, porque nada en la tierra puede distraerles”, decía cada vez que alguien intentaba introducir la idea en su cabeza, tras tropezar con un escalón de mas o de menos.

– Lo somos. – Su voz sonaba cansada.

– Pues acepta un consejo de este viejo, siempre hay una razón para continuar. Siempre hay luz, solo intenta no tener los ojos cerrados.

Sam suspiro. Tenía las manos entrelazadas en un fuerte apretón que se estaba dando a sí mismo, con tal presión que los nudillos se le comenzaron a poner blancos.

– Quiero dejar de vivir, es una decisión bastante valiente para ser consecuencia de un acto cobarde. – Las palabras parecían haber sido recitadas de forma que hubiesen sido aprendidas y ensayadas con anterioridad. Cierta teatralidad podía respirarse en el aire entre cada una de las sílabas, junto al humo del cigarro del Padre.

– Tu filosofía barata de novela de gasolinera nunca ha conseguido nada de…

– No he venido en busca de tu opinión, he venido en busca de la opinión de Dios. – Esta vez la interrupción fue más brusca y con cierto tono de enfado. – Quiero volver a verle, quiero volver a ver su sonrisa. Es lo único que me quedaba y me fue arrebatado. Mi pregunta es si aún después de aquello, se me negará volver a verle por actuar en consecuencia de un acto indigno como es la muerte de mi hijo. ¿Dios me arrebatará eso también si decido ignorar su carta de ajuste divina, su puta carta de ajuste, y decido cuando quiero morir? ¿He rezado toda mi vida a un ególatra cruel? ¿Debo seguir sufriendo para el disfrute de ese bastardo hasta que un camión decida girar a la derecha mientras cruzo la avenida Gilfmore de camino al local de Stefan? – Las preguntas fueron acumulándose en el aire mientras Sam alzaba la voz hasta casi acabar gritando cuando formuló la última. – ¿No merezco su compasión?

Su garganta había comenzado a irritarse de tal manera que las últimas palabras sonaron mas a graznido que a otra cosa.

– Glenn no habría querido esto. – Sentencio el anciano.

– ¡¡NO TE ATREVAS A NOMBRAR A GLENN!! – Las palabras desgarraron la garganta ya de por si destrozada de Sam. Haciendo que su lamento, húmedo por las lágrimas de sus ojos y el comienzo de embriaguez, rebotara por las paredes de la iglesia en forma de un lastimero eco. – Fue tu estúpido creador quien me lo arrebato. No fue esa mina, no fue ningún temblor. Fue el odioso sentido del humor de un padre que se ríe jugueteando con las vidas de la gente. Ese maldito tumor me arrebato a Sellie, y tu maldito creador me arrebato a mi hijo.

– Y ahora estas aquí. – Calada, una larga. El humo lleno de un espesor grisáceo el aire. – En su casa, así que respétala como la tuya propia Sam. Soy tu amigo, pero ante todo soy su voz en este lugar. – Apagó el cigarro con la punta del zapato. – Entiendo tus palabras, pero no las comparto. Esta es mi casa.

Su voz era firme, no había sido un hombre blando en su vida, y a pesar de la sotana jamás había huido de una pelea. Era ese tipo de hombre que había aprendido que la violencia resulta más pacificadora que la palabra. Si realmente era representante de Dios, era del Dios vengativo e intolerante del antiguo testamento.

– Estoy en su casa. Después de todo, estoy en su casa. Pidiendo permiso para morir. No creas que no encuentro graciosa la ironía. – Sam no sonreía. – Soy un hombre desesperado.

Alguien sentado en uno de los bancos más cercanos al confesionario carraspeó, y lamentándose por el dolor de sus rodillas se irguió para levantarse de su asiento. Los pasos resonaron durante cinco segundos. Después el sonido de la puerta de la iglesia, cerrándose.

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– Dios jamás te dará permiso para dejar este mundo. Ni yo, Sam. Para la iglesia el suicidio es el peor de los pecados, ya que es despreciar el regalo más magnifico que puede ser dado. Yo lo resumiría es que no puedes escupir a Dios en la cara, por mucho que se te haya corrido en la boca. Y si me preguntas a mí, no quiero que abandones. Muchas veces hemos discutido sobre tus ideas, sobre ese concepto banal de la interpretación de la iglesia. De Dios. Pero eras bueno en lo tuyo. Sam ¿Has pensado en volver a escribir?

– ¿Para qué palurdos ignorantes apacigüen su falsa hambre de inteligencia citando frases de un texto que jamás terminarían de comprender? No, gracias. He terminado en el negocio de la gastronomía del egocentrismo.

– No hablo de trabajos para aquella ridícula y pseudofilosofica revista neoyorquina. Hablo de escribir de verdad, de una novela. Cuando Sellie estaba en tratamiento me hablaste de que habías comenzado una historia. Lo recuerdo perfectamente, dijiste que comenzaste a teclear en la antigua Shriner de tu madre y no te levantaste de la silla en dos semanas. Dijiste que era tu forma de no pensar en lo que se acercaba, en lo que termino por llegar… – Nombrar a Sellie había sido un movimiento de dudosa legalidad moral, y el Padre lo sabía. Pero también sabía que tenía que hacer algo para que Sam despertara.- Desde que murió no has vuelto a escribir una historia, únicamente te resignaste a aquellos textos llenos de odio y lingüística exquisitamente escrita, pero mal formada.

Desde hacía ocho años Sam recibía un cheque al mes por valor de 800 dólares por escribir una crónica social en una famosa revista dedicada a encontrar un punto de vista poco convencional a la realidad estadounidense cotidiana. Hasta hace seis meses cuando con una escueta carta, Deniis Jampton, director de ”Bola siete”, informaba al señor Whornighton que ya no requerían de sus servicios. Al parecer el estilo que había adquirido su prosa en el último año deprimía al lector, y su visión de la América profunda no podía deprimir al frágil lector americano. Por ahora tenía suficiente ahorrado para no tener que tocar el dinero que la mina le entrego por el seguro de vida de su hijo. Nada le haría sentirse más bastardo.

– No puedo escribir, no sin ella. Siempre que me siento delante del ordenador y consigo encontrar la forma de ordenar las palabras, siento que resultan tediosas y prepotentes. Ya sabes cuánto odiaba Sellie al escritor medio americano. – De nuevo, un suspiro. – Con la cabeza tan metida en el culo que podía estornudar mierda en primavera. Sentía que me estaba convirtiendo en ese tipo de escritor, que era un insulto para ella. Y al final acababa borrando el texto, borrándolo todo. Cada mísera letra. Y aquella pantalla en blanco terminaba por definirme, como el fracaso de hombre…de marido… de padre. A veces creo que esa pantalla en blanco era más reflejo de mi mismo que el espejo donde me afeitaba. Cuando murió Glenn ya no fui capaz de enfrentarme a ese reflejo.

– No puedes vivir siempre con miedo. No es forma de vivir, y suicidarse no es forma de morir. Debes encontrar el camino que te ayude a continuar caminando, y creo firmemente que esa historia es ese camino. Sigue el rastro que dejaste hace años. Cuando eras un hombre completo. Utiliza ese camino para volver sobre tus pasos y vuelve a la luz. No vengas a la casa de Dios a pedirle una razón para morir, pídele una razón para vivir.

– No puedo Mateo, jamás podre volver a escribir. Y enfrentarme a ello no va a cambiar nada. He perdido todo lo que me hacia ser quien soy, ahora solo soy un fantasma sin nada que decir.

– Gilipolleces, miéntete a ti mismo. Pero he vivido demasiado para aceptar una mentira cuando me la escupen a los pies. El Señor te pide una prueba de valor, y el te dejara continuar tu camino.

– El Señor tendrá que acabar por entender que ya no le debo una mierda.

Con esas últimas palabras, Sam se levanto de su asiento y agarro el pomo de la puerta que, con un sonoro chirrido, se abrió. Los ventanales filtraban los últimos rayos de sol que acuciaban por morir sobre el suelo de mármol, dando cierto aspecto lúgubre a un lugar lúgubre de por sí. Se giro hacia el pequeño altar donde tanto se había despedido de la vida de su hijo ante Dios, como había prometido pasar la vida junto a Sellie. Parece ser que ella tuvo prisa por volver con los demás ángeles del cielo, y él se tuvo que quedar en la tierra luchando contra sus propios demonios.

Sobre el altar, como un vigilante eterno de cada una de las alegrías y desdichas del mortal, estaba colocado Jesucristo. Con las manos clavadas a un poste, inmóvil y con la mirada perdida en algún punto entre la puerta de entrada y el anfiteatro superior, donde descansaba el órgano de tamaño medio que dono la escuela de música en la primavera de 1987. Solo era una estatua, una manifestación física de algo superior. Todo lo contrario a lo que somos nosotros, pedazos de carne manifestando a cada segundo la inferioridad que impregna toda nuestra existencia. ¿Acaso no habla continuamente de ello la sagrada Biblia?

– Gracias por tu tiempo Padre.

Sam comenzaba a caminar ya hacia la salida, seguido por el repiqueteo de sus zapatos, cuando el chirriar de la otra puerta del confesionario le hizo pararse en seco. Aunque no se dio la vuelta.

– No olvides que siempre hay una luz, Sam. Lucha por encontrarla joder. – Escuchó Sam a su espalda.

– ¿Eso lo dice Dios o lo dices tú? – Por primera vez desde que comenzó la conversación, cierto asomo de orgullo impregno la voz de Sam. Quizás solo era reproche.

– Lo decimos ambos.

Otra vez el chasquido, solo que estaba vez no pudo ver la llama entre las manos del Padre. Pero pudo imaginarlo, como el primer hombre que pudo crear fuego a partir del regalo de un Dios griego con un nombre que era incapaz de recordar, con el fulgor escapando de entre los dedos.

– Lo dice el puto sentido común tanto como la sagrada palabra. Te lo dice un amigo, te lo digo yo.- La voz sonaba serena, pero había tristeza en el tono. – Encuentra esa luz.

Sam Whornigton continuo su camino hacia la puerta de la iglesia, pasando al lado del enorme y acristalado candelabro de velas de plástico que se iluminaban al introducir una moneda. Un pozo de los deseos privado para los católicos de Salem. Sin darse la vuelta, o siquiera dejar de caminar Sam alzó la voz.

– La ultima luz que me quedaba murió hace cinco años.

Cruzo la puerta de la iglesia y el otoñal aire le golpeo la cara y le arremolino el incipiente flequillo. Sintió los últimos rayos de sol acariciarle la epidermis.

– Desde entonces solo camino en las sombras. – Sentencio hablando para nadie en concreto, ya que nadie le escuchaba ahora. ¿Dios tal vez? Poco probable.

Se dio la vuelta para echar un último vistazo a la iglesia del condado en el que había vivido toda su vida. Las colmenas de estilo gótico cortando con su relieve el rosado cielo durmiente, y las dos campanas que reposaban sobre la torre que coronaba la parte más alta del techo de teja. Al bajar la mirada se encontró mirando un cartel, el color azulado del fondo resaltaba sobre los sobrios tonos del resto de pequeños folletos informativos clavados en el tablón de anuncios. El cartel rezaba: ”Construye una casa para el menos afortunado, construye una vida mejor. Muestra tu valor cristiano a nuestro Señor”.

– Triste cabronazo. ¿Cuando me dejaras morir en paz?

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Adrián Sacristán Muñoz.

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