Llaves. Parte 1. El castigo de Dios.

Carl caminaba por la calle con la mirada baja. Los pies, pesados tras pasar la mayor parte del día sentado en la butaca de su oficina, se desparramaban torpemente en cada paso. Había días que, entre paciente y paciente, se erguía sobre si mismo y caminaba por la pequeña sala de color beige rodeada de estanterías, pero hoy no. Hoy había sido uno de esos días agotadores y eternos como una canción de The Doors. Un coche familiar pasó por su lado iluminando momentáneamente su figura y todo aquello que le rodeaba. Un haz de luz en forma de pequeño eclipse lunar que dio vida a todas las formas de su alrededor. Cuando los faros traseros del monovolumen desaparecieron tras la esquina de la calle Harrison, perdiéndose en el ocaso, Carl aun podía escuchar las risas infantiles que se escurrían a través de las ventanillas abiertas del auto.

Beverly había vuelto a dejarle más pacientes de los que podía soportar en un día, al menos soportarlos sin tener que acabar con la cordura pendiente de un hilo y en la sala de espera de otra piraña emocional.

– Piraña emocional. – Susurró Carl, de forma casi inaudible, para si mismo. – Hoy no me encuentro bien doctor. Receteme un poco más de sana locura.

Así era como definía Steff su profesión. Para ella, psicologos, psiquiatras, o cualquier otro ser que se atreviese a atar cabos en las mentes de otras personas, no eran más que carroñeros de la psique. Steff era de esas personas sencillas que creían que por lo que costaba invitar a una cerveza a un compañero de trabajo, podías olvidar cada trauma del pasado o del presente. Cada sombra.

A veces Carl añoraba ser una de esas sencillas personas, de mirada vivaz, segura y altiva. A veces Carl añoraba a Steff, ahora casada con un pediatra de Queens, y con dos hijos.

La suave brisa del comienzo de la noche acarició su rostro, poniendo en alerta cada pequeño poro de piel. Se coloco la bufanda, dando una vuelta más sobre su grueso cuello, de tal forma que solo uno de los extremos de la misma quedaba colgando, como una serpiente color verde oscura subiendo por su espalda. Aceleró el paso y miró el reloj. Eran las once y media de la noche, y se dijo para sí que mañana hablaría con Bev para que esto no volviera a ocurrir. Pero se mentía a sí mismo, y él era plenamente consciente de esa burda mentira. Su joven secretaria de mirada tímida y pechos voraces sabía que decir, como mirar, como girarse para atrapar un bolígrafo sospechosamente caído cuando Carl quería ponerse serio. Había noches en las que se encontraba masturbándose, pensando en aquella mirada, en aquellos pechos que un día fueron incipientes, pero que hoy son frutas maduras y prohibidas. Manzanas del árbol de Eva volcados bajo un jersey de cachemir.

Había veces que se decía que estaba mal, que desear a una joven de tiernos veintidós años no era sano, que era pervertido y malvado. Pero sobre todo era cruel, el cuchillo de la edad clavándose profundamente sobre el vientre de la consciencia del tiempo. Desparramando las tripas de su esperanza sobre el frio asfalto, de la niñez perdida y la pasión cadáver. Con cincuenta y tres años, entradas que comenzaban a ser un peregrinaje a la calvicie de su padre, y una barriga astuta que siempre sabe como crecer a pesar de cualquier intento de detener su lento, pero tenaz, avance… Carl sabía que jamas podría saborear esa fruta prohibida acabada en un pezón dulce y rosado. Cruel por que estaba ahí, a plena vista, pero tan lejos como la estrella muerta hace eones y que vemos ahora su luz. Que podríamos iluminarnos con esa luz, con el reflejo de un muerto. Carl sabía que la edad era el castigo de Dios por la arrogancia del hombre.

Un destello.

Carl giró la mirada de forma violenta y se encontró a si mismo detenido en media de la calle frente a una señal de pintura gastada que exclamaba al mundo la palabra ”STOP”. Bajo ella, soldada al acero, una pequeña papelera de color gris con una abertura ligeramente ondulada en sus esquinas. Le recordó a una pequeña ballena clavada en un grueso y rectangular arpón. Una torpe criatura inerte empalada en una postura absurda. Sobre ella, en un alto en el camino entre la ballena muerta de plástico y la señal de trafico, estaba el origen de aquel destello de luz que había llamado su atención. Enganchadas en un cordel de tela, anclado al acero con una tira de plástico adhesivo, se encontraban un par de llaves junto a un pequeño pedazo de papel. Movido por una brutal y desconocida curiosidad Carl se acercó para observar más detenidamente los objetos.

Las llaves era de color plata, sencillas y sin ninguna marca identificativa, de similar aspecto entre si, probablemente copias la una de la otra. El cordel de tela era sencillo, trenzado sobre si mismo con ligeras manchas de oxido en aquellas partes en las que había estado en contacto con el acero. Daba la impresión de que llevaban mucho tiempo allí, esperando. Pero lo que hizo que Carl contuviese el aliento, se sintiera ligeramente mareado e hiciera que sus testículos viejos y cansados se pusieran tensos y clavados en su entrepierna, fue otro detalle. Escrito, en letra cursiva y caligrafía cuidada sobre el pedazo de papel que colgaba también del cordel, había un nombre.

”Doctor Carlson Stevenson Marwelf”

Su padre, Charles Stevenson, le había dado su apellido ademas de la tardía perdida del cabello. El aire se volvió de esa espesura, casi irrespirable, que adquiere cuando nos enfrentamos a la confusión inesperada y agresiva. ¿Por que habían ahí unas llaves con su nombre? Estaba ya lejos del antiguo edificio de corte francés en el que estaba su oficina, y desde luego estaba lejos del lugar que a veces se atrevía a llamar hogar. Además, no reconocía esas llaves. En el llavero que descansaba en el holgado bolsillo de su chaqueta solo había dos juegos de llaves. Uno con la llave de las frías puertas de hierro del portal de su oficina, junto a la llaves de dicha oficina. Otro juego con las llaves de su propio portal, aunque no recordaba la ultima vez que las uso, ya que el portero siempre parecía advertir su presencia y le abría antes de llegar al umbral, y la llave de la puerta de seguridad de su apartamento. Todo aquello sin hablar del hecho de que esas llaves parecían llevar muchísimo tiempo colgadas allí, y el sentido común dicta que un objeto en la calle no suele durar demasiado. Movido por la curiosidad, o por la estúpida avaricia del deseo de posesión de unas llaves sin cerradura, alguien debería haber recogido esas llaves del lugar. Además, estábamos en otoño, y las lluvias habían azotado la ciudad durante casi una semana. ¿Como demonios habían permanecido tanto tiempo adheridas a la superficie plana de la señal? Lo lógico sería que tras la primera noche de lluvia, el agua y el viento arrancarían los objeto del vientre de acero. Arrojándolos al suelo, para ser arrastrados y olvidados en el fondo de una alcantarilla.

El brutal y ahogado pitido de un taxi sacó a Carl de sus pensamientos, había cruzado la calle sin mirar y a consecuencia de ello casi había sido arrollado por el coche amarillo de ocupante marroquí. Este le arrojaba toda clase de exclamaciones en su lengua, que sonaban agresivas e impacientes.

Levantando una mano, con la palma descubierta frente al morro del vehículo, a modo de disculpa, Carl avanzó rápidamente en tres largas zancadas hasta alcanzar la seguridad de la acera pavimentada. Miró hacia atrás girando sobre sus talones, y descubrió sorprendido que había caminado casi una decena de calles desde el lugar en el que encontró el objeto que había despertado su curiosidad en un comienzo. No recordaba exactamente de que se había tratado, y esa ola de confusión fue tal que un comienzo de dolor de cabeza empezó a asomar tras su sien.

Giro su brazo derecho para mirar el reloj de oro, regalo de fin de carrera, que permanecía inexpresivo alrededor de su muñeca. Las once y cincuenta minutos. Era realmente tarde, su estomago rugía en protesta, y tenia la extraña sensación de que debía darse prisa para llegar a casa.

– Joder, Bev. – Exclamó, esta vez un poco más alto, al mundo, aunque nadie se encontraba a su alrededor para escuchar las palabras. – Mañana tengo que hablar contigo.

Y así, Carlson recorrió a paso vivo, esta vez con la mente más despejada, las siguientes tres calles que le separaban de su coche.

En su cabeza, la promesa de una futura jaqueca, quizás por el cansancio (¿quien sabe?) y en su holgado bolsillo derecho, tres juegos de llaves.

     ”I’m pleading for one more time with what I know now,

I’m begging for the same flake to fall twice for the first time,

I’m begging for what wasn’t said.

That night the snow shaped the land, and I walked home,

I laughed the whole way because I suppose if it hurts,

It’s worth it, but now that ghost is me. ” 

    Pianos Become The Teeth. I’ll be Damned.

Adrián Sacristán Muñoz.

09/08/2016

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