Llaves. Parte 2. Cuervos dorados avanzando, a través del cielo raso.

Una gota de sudor resbaló lujuriosa por el pecho de Carl, acariciando con un espeso frescor la zona abdominal, en dirección a su entrepierna. Su respiración, acortada y rápida, acabó por transformarse en una profunda tos que no se calmo hasta que bebió un sorbo del vaso que descansaba en su mesilla de noche. La garganta aun le dolía profundamente.

Al parecer había despertado gritando de una pesadilla, solo que le resultaba imposible recordarla. Miró el reloj digital colocado sobre la cómoda, e inconscientemente calculó el numero de horas que faltaban para tener que volver a la oficina. Aquello le pesó como bloque de hormigón en su pecho. Intentó calmar la opresión tumbándose sobre la colcha húmeda, posando la palma de la mano sobre su rostro acalorado. Casi como intentando esconder sus ojos de la mirada de alguien o de algo.

La digestión de una cena rápida, demasiado aceitosa para su cansado corazón, junto a una cerveza, frente al televisor, puede ser la culpable de la agitación de su sueño. Siente que hay algo que debe recordar, un concepto o una idea abrasadora en la parte trasera de su cerebro. Un picor irresistible bajo la piel que intenta avisarle de algo urgente. Pero al ver que no consigue identificar esa sensación, acabó por desecharla bajo la alfombra de imágenes rotas que todos tenemos al despertar en medio de la oscuridad de la noche. El cajón de los desamparados.

Carl estaba intentando relajar su respiración y volver a sentir el abrazo del sueño, cuando un golpe seco retumbo por toda la habitación. Terminando así de acabar con la esperanza vacua de pasar el resto de la noche en el coma caduco que es el dormir.

Al instante volvió a erguirse a toda velocidad, por segunda vez en los últimos cinco minutos, y agudizó el oído para identificar el lugar exacto del que provenía el ruido. Otro golpe volvió a sacudir el silencio de la habitación, y a continuación un profundo lamento. Parecía un suspiro en medio de un llanto, un sonido demasiado orgánico, con demasiada forma para resultar artificial. Parecía salido de las entrañas de un animal, o de una persona.

Lo que pasó a continuación terminó de despertar la mente de Carl, casi como si el lateral de su rostro hubiese sido golpeado por una toalla mojada.

Un grito, de mujer, perforó urgente los tímpanos de Carlston. Y, a su vez, esté lo acompañó con un grito ahogado que salio directamente de su pecho. Le continuaron una sucesión de gritos, a cada cual más histérico e histrionico que el anterior, que le hicieron caer de la cama en un torpe intento de levantarse. Su cabeza fue a caer sobre la esquina de la mesilla, provocandole un punzante dolor sobre la sien derecha. Puso el dedo indice sobre la herida, y percibió la humedad sobre sus yemas. Tuvo unos segundos de terrible pánico hasta darse cuenta de que aquello no era sangre, únicamente el agua que había caído sobre su cabeza, empapando su pelo, al volcarse el vaso con el golpe.

Ahora no cabía duda de donde procedía el ruido, a pesar de que aquel sonido parecía revotar por cada rincón de la sala. Los gritos de auxilio, con leves matices de una profunda agonía, procedían del armario empotrado situado frente a la cama de Carl.

Las paredes de madera blanca parecían bailar en un leve movimiento ascendente y descendente. Daban la impresión de ser los pulmones de la casa, si esta estuviese intentando superar un cáncer terminal y brutalmente extendido.

Un nuevo grito arrolló a Carl mientras este corría descalzo hacia el armario. Agarró los pomos de cobre, uno con cada mano, y tiró con fuerza. Las puertas se movieron en su dirección, pero no terminaron por abrirse. Volvió a intentarlo, esta vez con todas sus fuerzas, y sintió un latigazo cervical que le entumeció las piernas. Las puertas del armario seguían insistiendo en no abrirse. Los gritos de la mujer se clavaban en su nuca, y no le dejaban pensar con claridad. Toda la situación estaba destrozando la cordura de Carl, que actuaba por instinto. Si se hubiese parado solo cinco segundos a reflexionar sobre lo que estaba viviendo, probablemente habría acabado por volverse loco allí mismo. En esa habitación.

– ¡¡YA VOY!! – Aulló, más que gritó, Carl. – ¡¡Santo Dios YA VOY!!!

Por un momento llego a pensar que la mujer que gritaba en el interior del mueble estaba sujetando de alguna manera las puertas de madera para sí. A pesar de la inherente locura de la situación, tuvo tiempo de darse cuenta que las puertas de madera eran lisas desde el interior. Y que, por lo tanto, no tenía manera de agarrar las puertas para sí. Únicamente posible clavando sus uñas en un doloroso intento de guardar privacidad, y habrían acabado partidas con el primer tirón. La imagen de diez uñas siendo descuajaringadas de los dedos a la vez, en un mismo e intenso desgarro, inundo la cabeza de Carl. Provocandole nauseas y un comienzo de arcadas.

Los gritos seguían sonando más y más fuerte. En ciertos instantes, casi parecían dos gritos exactos y parejos, sonando con milésimas de segundo de retraso entre uno y otro. Carlston dio un paso hacia atrás y alzo un pie, con la intención de golpear con una patada la madera maciza, cuando algo llamo su atención. Un pequeño y resplandeciente detalle del que no había caído en cuenta hasta ese momento. Colocado en una de las puertas de madera, bajo el pomo, había una cerradura plateada.

Carlston llevaba durmiendo en ese cuarto desde que compró el piso cinco años atrás. El armario llevaba ahí todo ese tiempo, incluso fue una de las razones por las que eligió alquilar ese apartamento. El amplio y elegante armario empotrado de color blanco. Quizás demasiado grande para la escasa cantidad de ropa que poseía, ya que nunca había sido especialmente fanático de la moda. Pero se sentía ciertamente atraído por la cantidad de posibilidades que prometía todo ese espacio. El día que enseño el lugar por primera vez a los pocos amigos que poseía, en una intima y exhausta fiesta de inauguración, Carl llego a bromear con que siempre podría llenarlo con el cadáver de su antigua esposa. Ya que, como había anunciado esa noche de julio, allí cabía perfectamente el cuerpo de una mujer.

Carlston vomitó sobre sus pies descalzos una clase de liquido espeso y amarillo. Con pequeños pedazos de comida aun por digerir, algunos fugazmente reconocibles. Pasó la mano por su boca, arrastrando cierta cantidad de fluido intestinal, y se la restregó inconsciente por la cara. Aquella cerradura jamas había estado allí. Abría y cerraba cada día ese armario, era un gesto vació que hacía por costumbre y sin intención. Y jamás había utilizado, o necesitado, una llave para ello.

Una nueva tanda de gritos se clavó en su nuca.

– ¡¡¡CÁLLATE MALDITA SEA!!!. – Vociferó. – ¡¡¡CIERRA TU ESTÚPIDA BOCA STEFF!!!

Camino en dos largas zancadas hacia la esquina del cuarto y alargó el brazo hasta alcanzar a poder agarrar un perchero de madera de olmo, en la que colgaba tanto el abrigo como la bufanda en los días fríos como aquel. La agarró con una sola mano y, desandando el camino hasta colocarse de nuevo frente al ruidoso armario, lo alzó con un grito de furia y lo lanzó contra el mueble. Un destello ilumino toda la sala al chocar madera contra madera, y el perchero salio despedido con tremebunda fuerza hacia el techo de la habitación, estallando en cientos de pedazos.

Las fosas nasales de Carl se llenaron de olor a madera podrida y su rostro fue salpicado por miles de motas de polvo en forma de serrín. Se lanzó de rodillas frente a las puertas y comenzó a aporrearlas con ambos puños, las venas de los brazos se hincharon hasta ser perfectamente visibles. Un agudo pinchazo empezaba a perforar su pulmón derecho como una aguja sujeta entre sus costillas y la boca le sabía a sangre. En ese momento, un objeto se clavo en su rodilla, dejandole una prominente marca a pesar de los gruesos pantalones de pijama.

Todo el contenido del bolsillo de su chaqueta había sido desparramado por el suelo al golpear con el perchero contra el armario. Y allí estaban, entre su cartera de piel gastada y el mechero de acero, dos objetos resplandecientes. Más reales que cualquier otro objeto del lugar, en cierta manera parecían completamente fuera de lugar. Todo lo demás parecía granulado y artificial a su lado, como el croma en una película de ciencia ficción de los sesenta. Allí, en el suelo, descansaba el juego de llaves que había encontrado hace solo unas pocas horas.

La mujer del interior del armario seguía suplicando por su vida a base de inteligibles gritos animales. Carl, sin permitirse el capricho de pensar como había olvidado su existencia, o como había vuelto ese recuerdo a su cabeza de forma tan improvisada, agarró una de las llaves y la guió hacia la cerradura. Una jaqueca apabullante tronaba entre las paredes de su cráneo, y aun fue peor al encajar la pieza de plata en la cerradura. Un trueno, parecido al sonido de un martillo neumático, trastabilló en su cerebro. Con un esfuerzo casi sobrehumano giró la llave hacia la derecha y, al instante, un inmenso silencio apareció en el lugar. Resultó ser tan absoluto que el simple sonido de su propia respiración, hizo dar un pequeño respingo a Carl.

No sabría decir cuanto tiempo había pasado desde el primer momento en que los ojos de Carl se abrieron tímidamente, en un rápido bailoteo de pestañas. Quizás habían sido únicamente un par de minutos, pero en la sofocada mente de Carlston parecían haber sido horas… tal vez días. Y en todo aquel tiempo, el atronador sonido de la desgarradora garganta de una mujer había inundado la habitación. Había acuchillado los tímpanos de Carl de tal manera, que el silencio se había convertido en un lejano recuerdo. Si alguien le hubiese preguntado en ese mismo instante si alguna vez había experimentado esa sensación, probablemente habría respondido que si. Pero su voz habría sonado falsa e insegura.

Carl abrió la puerta del armario en un rápido gesto, llevando su brazo hacia si mismo. Lo que vio allí dentro podría haber vuelto completamente loco al cuerdo más convencido de si mismo. Habría hecho que la cordura abandonara la mente de cientos de hombres, como si se tratase de una bandada de cuervos dorados, avanzando a través del cielo raso.

En el interior de ese armario no había absolutamente nada.

Apenas unas pocas camisas perfectamente planchadas y un par de zapatos posados contra la pared interior. El silencio pareció ser más absoluto y agarró por el cuello de la camiseta a Carlson Stevenson, dejandole sin oxigeno que llegara a su cerebro.

Se desmayó en ese mismo instante.

  ”I sit there begging
My eyes not to close
      Why can’t it be, this easy to sleep at night?”

                                         Dead Ties. Endless.

Adrián Sacristán Muñoz.

19/08/2016

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