Dragones de sabor azul

El humo alcanzó el techo de la pequeña habitación creando bestias terribles de breve existencia. Las suaves curvas grises se acariciaron entre si en un acto más carnal que la pasión que transcurría metro y medio en diagonal, formando dragones en forma de serpiente.

Tentándose entre si, besando sus tenues bocas en un beso eterno en las milésimas de segundo que duran a nuestra vista.

El color gris permaneció suspendido en su mirada provocando cierto calor tras sus orejas, el rugido de su movimiento atronaba en su cráneo.

Perdido entre las grietas de la madera del suelo, podía oler el tacto carnoso de la hierba mojada bajo sus pies.

Cameron bajó la vista a tiempo de ver como el cigarro de ligeros tonos verdosos se alejaba de sus labios. Prestó especial atención a unos dedos muy parecidos a los suyos. Permanecían unidos a su mano,agarrando el cigarro desde el extremo del filtro.

Una tormenta rizada de fuego inundo toda su visión, un infierno de manos frías.

Las palabras de deseo bloquearon su cerebro en un claro rosado y los pequeños pelos de su nuca se alzaron de su lugar como peregrinos rogando un milagro tras el final de una oración.

Las rugosidades del olor a carmín de la boca que besaba su espalda. El blanco de la humedad, que bailaba por su piel con los pies descalzos.

La danza de la oscuridad, que hablaba a su piel a través de la viveza de cada palabra de bultos carnosos en su boca.

El sabor a mostaza de su nombre escupió de ira al salir de su pecho.

La ventana, como puerta al resto del mundo más allá de su voz, descansa flotando medio muerta a través del hormigón, de sabor añejo a los ojos de un joven adulto.

El aire podía volverse sabor castaño oscuro, venenoso. El era feliz respirando las palabras compartidas en la intimidad del silencio.

La distancia entre el calor del olor a cera derretida y la frialdad entre las yemas de los dedos sus pies. Recubierta de cartas de amor jamás escritas y sentencias en forma de promesas rotas.

La traición que calma el ardor de la desesperanza, como apagar una luz que jamás ha tenido llama como para ser un sonido.

Las sombras gritan de dolor por la acidez del movimiento de sus cuerpos sobre la dureza literal del tiempo.

Fantasmas con sabor amarillento a días pastosos.

Ella sigue ahí, totalmente consciente de la verdad que les abraza hasta ahogarles.

Los gritos de un canadiense retruenan dulzones en el aire del pequeño habitáculo, gastando un oxigeno que murió años y kilómetros atrás.

El morado del numero del día que se conocieron ha perdido brillo y, aun así, sabe a manzana y a risas.

El salado de las tardes que jamas pasaron cerca del mar les aplasta con cariñosa opresión.

La vibración del radiador castañea con golpes secos y rosados.

Su piel sabe a flores frescas al tacto.

El humo de su boca huele al metálico sabor de la sangre en la torpeza de un primer beso.

La esquina del tiempo que les queda juntos se le clava en la espalda y ya no duele. Apenas apesta a oportunidades perdidas.

El silencio ayuda a oír los gritos de deseo bajo la piel en tono agudo.

No gastan el naranja de sus palpitaciones en más mentiras, no lo necesitan.

A veces estar vivos es más que suficiente.

-¿A que sabe la palabra ”adiós”?

-No te vayas nunca.

Y el dragón de fuego, fantasma de la primera estrofa, les atrapo en sus fauces.

Adrián Sacristán Muñoz.

22/08/2016

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