Llaves. Parte 3. Ardientes en el aliento de Cristo.

Todo el texto se iluminó en un segundo. Un tono azul inundó  cada una de las palabras.

Adán pulsó la tecla de borrar y todo desapareció.

Llevaba más de una hora escribiendo, aunque a la vista de la perspectiva habría jurado que esa mañana era eterna y que casi había llegado al final. Mientras escribía, pensaba que aquellas frases tenían fuerza, que la pasión o la locura tenían un sentido de ser. Pero al detener el continuo fluir de sus yemas en las gastadas letras de su teclado y echar un vistazo a todo aquello aparecido allá donde antes solo había la astuta blancura de la nada, se dio cuenta que aquello sonaba estúpido y superfluo. Sonaba falso.

Así que lo borró.

Se levantó y se dirigió al pequeño cuarto de al lado. Las paredes era color clara de huevo, a simple vista parecían limpias, pero si te detenías a mirar podías observar un desfile de pequeñas cicatrices y manchas. Aquel dato le habría hecho pensar en los últimos seis años de su vida. Se quedó plantado en el marco de la puerta, con el pulso bastante acelerado y la continua presión en la nuca. Aquello jamas desaparecía. Respiró hondo y volvió a empujar a la ansiedad hacia el interior de su cráneo. Esa ansiedad que parecía un basto elefante con alargados y puntiagudos cuernos, no un amable personaje de película infantil de animación. Aquello era una bestia que destriparía su cuerpo sin la mas mínima piedad en cuanto tuviese ocasión. No se alimentaria de su cadáver, aquella no era un actitud llevada por el hambre. Se pudriría allí tirado con la mirada perdida en algún punto del techo. La única duda es si le daría tiempo a gritar. Si tendría ocasión de llorar una ultima vez.Un paso atrás de la ansiedad, pero aquello solo era una falsa promesa.

Se acercó al mueble que presidia el cuarto. El blanco de sus baldas volvía a agarrarle por los hombros. Aquel color de pureza y  critica. Agarró la pequeña caja de plástico negro  apoyada en la balda superior y volvió a la mesa.

La pantalla, vacía de texto, pareció saludarle sarcásticamente. Aunque el no tenia ninguna intención de devolverle el saludo. Abrió la caja y comenzó a sacar pequeños paquetes de su interior. El primero de ellos era una pequeña bolsa tintada de verde que contenía barato tabaco de liar, el segundo era transparente y en su interior se podía observar varios cogollos de Marihuana diseminados. Algunos completos y otros destrozados. Aquello también debería haberle hecho pensar en los últimos seis años de su vida. Sacó un papel de liar y lo abrió sobre la madera joven. Poco a poco fue llenándolo de desmenuzados trozos de droga, mientras el móvil parecía vibrar a pocos centímetros de el. Ni siquiera giró la cabeza, todo era imaginaciones suyas. No era real, y no pensaba volver a caer en esa trampa.

Otra vez.

A continuación, lleno los restos huecos sobre el fino papel con hebras de tabaco.

Tras humedecerse las yemas  con una mueca triste, empezó a enrollar el porro con la punta de sus dedos. Su pulso palpitante y la vista cansada no ayudaron, y al verse incapaz, un grito comenzó a ascender por su garganta. Lo tragó como quien traga un medicamento de sabor agridulce y suspiró. Volvió a intentarlo, luchando por no pensar en la respiración que golpeaba su nuca. Intentando no pensar en ella. El resultado no fue perfecto, pero valdría. La llama del mechero dio un golpe de calor en sus mejillas y una linea de humo ascendió partiendo la realidad en dos partes. Una grieta capaz de separar pasado y futuro en dos mitades casi perfectas. Lo más parecido a un presente que había tenido en los últimos días.

El humó lleno sus pulmones, lo guardó en su pecho como quien acaricia un recién nacido entre sus brazos. Cerró los ojos, y dejo que la música acompañara las pequeñas caricias de aquello detrás de sus ojos. Las palmadas de paz que golpeaban su cerebro.

Le gustaría que alguien le entendiera, que se sentara a su lado con la paciencia necesaria para dejarle ser un monstruo hasta convertirse en un hombre. Pero el humo salió disparado de sus fosas nasales, y el seguía ahí, solo, con las piernas dobladas sobre la silla y la espalda ligeramente curvada hacia delante. Perder todo aquello que definía su vida, que le daba forma y tormenta, le parecía lo mas parecido a una muerte en vida que existía. Probablemente estuviese equivocado, quizás estaba convencido de ello. Pero el conocimiento no es poder y, al igual que el saber que aquello que respiraba estaba matándole, que solo restaba minutos a un reloj de solo una cuerda, no impedía que siguiera sosteniendo el cigarro. Saber que su vida no había acabado, no le hacia creer con mas fiereza que solo era una puerta que se cerraba.

Nada más.

Cuando él muera, el monstruo morirá con él. La maldición de la sangre y de la niñez. La sombra que le ha acompañado desde el primer golpe, y que ha ensombrecido cada cosa bonita de su vida. La locura que cada segundo parece tener una forma más clara. Y que le mira al otro lado del cuarto, no sonriendo, como podía parecer en un primer momento. Si no con la mirada perdida y un rostro triste. Con manchas en forma de riachuelos cayendo hacia bajo, naciendo de sus ojos. Erosiones rojizas que marcan la perdida del primer amor. Ojeras como heridas de una guerra perdida con la cama fría y un sueño que nunca llega. El monstruo del orgullo y del filo del cuchillo, condenado a su manera a perdurar a pesar del dolor.

Sin saber que contar, sin un nudo ni un final. Planta los dedos sobre el teclado, pensando como comenzar esa historia a modo de llamada de auxilio. Piensa en rezar en los segundos que ve las hebras arder frente a si. Piensa en Dios en los momentos en que la calada vuelve llenar su ser, pero rechaza la idea en cuanto posa el cigarro sobre la mesa. Otro combate contra la esperanza que pierde de formar brutal y absurda. Adán solo quiere dejar de pensar en aquello que le atormenta, pero dormir hace mucho que dejó de ser una opción. Cerrar los ojos le hace verlo todo. La comida ha perdido para el todos los destellos del sabor, y el hambre ha perdido todas las letras en el camino. Sus brazos y piernas parecen más delgados que hace solo unos meses, y su piel solo sera un recuerdo de todo aquello que ha sucedido.

Cierra la pantalla del ordenador, y se levanta de la silla. No termina de concebir demasiado cual es su siguiente paso. Piensa en la posibilidad de salir a la calle, pero las pisadas del elefante pueden ser demasiado fuertes. No quiere tener que volver a llorar en publico, no por humillación o la degradación de una esclava apreciación de su propio aspecto, si no por que aquello le recordaba lo solo que estaba.

Fue en ese momento cuando sonó el timbre de la puerta.

Las trompetas del infierno, ardientes en el aliento de Cristo.

Adán se dirigió a la puerta.

Aquello, tan insulso y anecdotico, solo era el comienzo de su final.

  ” And they said that one day I’d be fine,
and they said that my whole life.
So I kept one foot forward,
but lately I’ve been wearing thin.
I don’t feel safe in my skin anymore.
                         I don’t feel safe in my skin. ”

                           Old Gray. Clip your own wings.

Adrián Sacristán Muñoz.

22/08/2016

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